
Vengo de una familia clase media, sateluca, periférica, que entiende los lujos hoteleros como algo que vale la pena vivir por encima del lugar que se visita. Para mi familia Acapulco es un clásico, no importa que el mar no sea ya tan bonito, que las playas y las albercas estén más llenas que un balneario de Morelos, o que los espacios y edificios tengan un toque ya decadente. Acapulco seguirá siendo Acapulco, ese lugar de fama mundial en los 40’s y 50’s o de gran presencia en mi infancia en los 80’s y mi adolescencia en los 90’s.
En esos términos, un clásico es difícil juzgar, más cuando es tan cercano a mi historia personal.
La lista de compras para el super en esta vacación dice así:
Cajeta
Mermelada
Miel
Huevos
Mantequillas
Leche
Crema
Mayonesa
Jamón
Queso
Piña en almibar
Aceite de oliva
Yogurt
Tortillas de harina y maíz
Bloqueador
Bronceador
Manzanas
Nueces
Cerveza
Agua
Café
Jugos
Papaya
Limones
Jícama
Plátanos
Chipotle
Refrescos
Vino tinto
Mantel navideño
y Toallitas para Manuela
Yo digo que los Llanos son un chingo y consumen harto, que efectivamente lo que importa es estar juntos en estas fechas, y que prefiero este paréntesis familiar a cualquier plan exótico o decente de conocer cualquier otra playa o rincón del planeta. Soy consciente de las contradicciones que heredo, pero también de todo el amor y cariño con las que las asumo.
Amén.
Escrito por rinostalgia 
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