Siwa

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Siwa

Los oasis, así como el resto del universo, no son como los dibujan en las caricaturas. Y no mas pa’ comprobarlo, viaje seis horas hacia el suereste de Alejandría en dirección a Libia. Llegue en un precioso amanecer, de un lado la luna flotando, regordeta, del otro el sol asomándose entre dunas.

Siwa es un pequeño pueblo de beduinos, bordado en medio de un oasis que se encuentra en un valle a la mitad de un desierto llamado “el mar de arena”. Salpicado de palmeras y rodeada de algunas lagunas saladas y ojos de agua, el contraste entre la vida y lo duro que suena el que exista en esas condiciones, hace que el todo se vuelve un manjar para los sentidos. ¿Será por eso que desierto y postre se dice igual en ingles?

Las visitas relámpago tienen que realizarse de entrada por salida, esto lo vuelve todo doblemente fugaz y emocionante. En ese tono empecé a descubrir y degustar la locación, con ese toque de adrenalina que la intriga le hace a uno la mañana más sabrosa.

El trazo vivencial comenzó con un punto claro pero contundente, subir a un montículo denominado “La montaña de la muerte” y desde ahí ver salir el sol. Tan simple y clásico como eso suena, claro que a doce mil kilómetros de casa y en medio de un oasis de adeveras, lo simple y lo clásico saben diferentes.

Cuando uno tiene problemas para entender las fronteras entre los viajes de negocios y los de placer, estas situaciones nos confunden más, no se sabe si se pasea, si se crea, si se planea lo que se hará después, o si sigue uno jugando al diagnóstico para entender el otro, no importa, todo va de la mano y se vuelve parte de una palabra clave y sencilla: vivir, vivir la experiencia...”con dos cucharadas de gocé estético y para llevar por favor”.

Después probé el desayuno más rico en mi vida, fue ahí, en un chulísimo hotel llamado Albabinshal. Nos dieron unos manjares locales, por supuesto orgánicos, como queso fresco, olivas, aceites, carne de camello, pan y mermeladas de higo y naranja. Te negro con menta fresca para cerrar. Cada vez estoy más seguro que la percepción de todo es una cuestión de contraste, y que mejor escenario para lucir los sagrados alimentos que construcciones hechas de arena y palma. ¡Experiencia colosal!

Ya caída la tarde me adentré en el desierto junto con otros acompañantes, en un jeep que uno contrata y que le da uno la paseada de su vida. Quería saber que se siente aventarse por las dunas en una sandboard (que es lo mismo que la snowboard, pero tropicalizada para la arena) y como era no ver más que arena, mucha, un chingo de arena. No tengo palabras, pero si videos, para describir como fue dicha vivencia. Si el paraíso existe, seguro tiene dunas en lugar de nubes.

Y ahí, en la cima de un gran montículo harto arenoso, esperamos el atardecer, para cerrar bien el ciclo de este periplo, vimos el sol meterse de un lado del hemisferio y del otro una luna llena sonreír a tope. Me sentí en paz y muy feliz.

Cada que tengo el privilegio de vivir algo así, le doy gracias a Dios como aprendí a darlas en un libro que leía en la prepa. Decía que había que darlas tres veces, una por cada plano espiritual: “Gracias, Gracias, Gracias”. Así dije desde ese punto en una duna donde no había ninguna sombra proyectándose.

Amén.

2 respuestas a Siwa

  1. LaMar dice:

    Llanos… qué alegría saberte tan bendecido por la vida, que te lleva a lugares tan espectaculares. Gracias, gracias, gracias por compartirte.

  2. Manuel dice:

    solo una de las 11 tribus que forman la comunidad de siwa es beduina, el resto son de origen bereber. Un saludo

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