Memorias de hospital

I
¿Cual es la molestia?
Cuando respiro siento una punzante saudade a la altura del cogote. Eso y unas enormes ganas de llorar, sin saber si es de felicidad o de tristeza…o de las dos.

¿Alguna enfermedad que padezca?
Optimismo crónico e inexplicable, y quizá una necedad hereditaria.

¿Es usted alérgico a algo?
A la indiferencia, la estupidez y a la palabra “no puedo”.

¿Adicciones?
A la belleza, el gozó, e involuntariamente a la dependencia de personajes inestables emocionalmente.

Mmmmmm…mi diagnóstico es que usted padece del bien conocido y recurrente “mal de amores”: Enamoramientos instantáneos con constantes recaídas, reflejado en la zona abdominal inferior derecha. Probablemente cristalizado en un recuerdo anquilosado que habría que extirpar.

Hagámoslo…

II
Se encontraba a mi izquierda una viejita muy viejita, me recordaba a mi abuela Simona por sus trenzas de indita, su vestido de mercado y sus calcetas de lana hasta las rodillas. De fondo había lamentos, llantos y quejidos, como bien se debe de ambientar cualquier sala de urgencias que se ufane de serlo.

Entraba y salía un camillero, o enfermero, o voluntario, cuyo entusiasmo me recordó la respuesta de Kevin Spacey a uno de sus seguidores en Twitter: “I’m an actor/not celebrity. People who do jobs like medical, military & police are more important. Deserve support above anyone”.

El estar a lado de los caídos y sentirme el menos jodido, era un consuelo muy culero, válido, pero egoista. La salud es un deseo que nace individualmente aunque después se expanda. Recordé el deseo de mi abuelita hipocondriaca: “Porque no estudias pa’doctor? Así me puedes checar más seguido”. En esas situaciones uno se cuestiona todo: porqué no estudié para doctor, porque me desvelé tanto trabajando una noche antes, porqué comí y bebí en exceso de nuevo, porqué se tapó el apéndice, porqué pensé que todo podía funcionar, porqué no estas aquí, porqué llevo cinco horas esperando en urgencias, etc.

La doctora me tocó la panza, “un examen de tacto” dijo, “mientras no use guantes de latex todo bien” pensé. Después de sobar, tocar, frotar, mover y sangolotearme el área abdominal, sentenció una frase de manera contundente: “Panza que rebota, se ganó su rajadota”.

“¿Hace cuanto que no comes?, tienes que entrar a quirófano” me dijo. Le expliqué que la enfermera del anterior hospital, el segundo del día, me dijo que podía comer, así que me había empacado una sabrosa y tradicional alegría. Le dije que era pequeña y que seguramente ya había hecho digestión.

“De ninguna manera, no puedes entrar sin diez horas de ayuno, te vamos a entubar y si vomitas te podrías ahogar, ¿Te imaginas morir ahogado de una alegría?”.

Sonreí.

III
Hace muchos años, en un vuelo de MX a LA, vi a una chica con una camiseta que traía impreso la siguiente frase: “If you wanna feel better, let go…”

Y si, es así, dejar ir, un pedazo de mí, de tí, del todo que no fue y con todo y lo que pudo ser, dejar ir anhelos, dejar ir las prisas, dejar ir lo que no mas esta de paso, dejar ir lo que no sabemos siquiera como funciona. Cerrar los ojos y descansar.

Amén

2 respuestas a Memorias de hospital

  1. Alex dice:

    Solo puedo decir, que me encantó.

  2. SenseiDj dice:

    Maestrazo! Sos un genio; y tu lámpara?

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