Cenas y escenas

junio 19, 2010

Hace más de un año terminé a golpes en una cena muy cukis. En el loft de un pintor que dice se vende bien, en el Pueblo Nuevo en Barcelona. No es un hábito en mi pelearme, pero también hay que aclarar que no fui yo el que se puso físico.

Un amigo me invitó a cenar, y resulta que en esa cena había algunas personalidades del mundo del cine, la publicidad, del arte, el modelado y el futbol. Pero resulta que dos de ellos me deben dinero desde hace diez años y uno de estos dos hasta presentó mi trabajo en Berlín y Los Angeles sin pedirme mi autorización ni darme el crédito. Resultado: me molestó de sobremanera su persona.

Lo chistoso de la situación fue venírmelos a encontrar nueve años después en tan preciosas tierras catalanas. Thomas Jones dijo: “los amigos van y vienen, pero los enemigos se acumulan”. Espero no tener muchos enemigos, pero en este caso se me juntaron dos en la misma mesa, y dos para mi ya es demasiado.

Regresando a la cena, primero se habló de personalidades de la política y el entretenimiento, pero todo empezó a subir de tono cuando se empezó a hablar de cine, a discutir sobre películas específicas mientras el tinto seguía fluyendo. En algún momento no pude aguantarme más y les reclamé a grito pelado durante el postre el dinero que me debían, y por supuesto el uso y explotación de mi trabajo sin mi autorización.

De los gritos se pasó a los sombrerazos, uno de los dos me dijo “Esto vamos a resolverlo como los hombre, en la calle y a golpes”. Le dije: “Con gusto cuando terminé de discutir con tu amigo salgo a la calle y te rompo la madre”. Ahora que lo pienso creo que mejor les hubiera dicho que se resolvía más fácil pagándome lo que me debían, pero el tipo seguía insistiendo en que saliéramos, y yo lo seguía callando, hasta que la cosa se puso física. Un intento de someterme por el cuello de su parte, mi respuesta: una aventadota donde salió volando contra una mesita con sillas y con cosas de cristal encima. Se abrió la cara y comenzó a sangrar, levanté las manos y dije “yo no vine a pelearme”, opté por irme mejor de la cena.

Me parece que manejé la situación de una manera mediocre, no les rompí la madre (y tengo la capacidad de hacerlo), ni conteste de una manera elegante, me ganó la rabia avivada por unos tintos. Fue una explosión de coraje añejada ante esos dos que me deben desde que tenía 25 años $11, 000 pesos, lo que en aquellas épocas eran 4 meses de renta para mi.

La semana pasada, se me dislocó el hombro discutiendo con un güey en una fiesta-cena a la que él se coló de la misma manera que yo llegué a esa fiesta en Barcelona: por casualidad o causalidad. Ahora, ya más tranquilo, recordé esa noche, hace algunas lunas, a miles de kilómetros de distancias. Así da la vida vueltas, y nos pasamos la factura unos a otros. En ambos cenas la violencia fue más verbal que física, pero en ambos casos hubo una interrupción y posteriormente un herido.

Kennedy decía “Perdona a tus enemigos, pero nunca olvides sus nombres”, yo digo que perdono a los que me deben ese dinero y al que hace una semana ayudo a mi hombro a dislocarse, y que espero por su salud y la mía olvidarme de sus nombres también. La próxima factura que la pague cada uno.

Esta noche, me declaro un mesero de la vida, un garrotero del amor y un chef de experiencias dispuesto a dar lo mejor en esta cena de gala que me toco vivir.

Amén.


Los agüelitos

junio 10, 2010

La vejez no me asusta, todo lo contrario, se me antoja, me asombra ver que hay una edad, donde al igual que la infancia, cualquier acción cotidiana representa un reto y puede ser un gran logro: subir una escalera, tomar un salero, recordar algo, etc. No recuerdo a mis abuelos, se fueron muy pronto, a mis agüelitas si, fueron encantadoras.

Mis papas cada año tienen más canas y yo cada día los quiero más. Llevan poco de ser abuelos, pero les ha sentado bien, sonríen de una manera muy especial, de esa peculiar forma que solo la sabiduría de la vejez te permite. Llegar a viejo es un lujo, y saberlo disfrutar es una doble bendición. Hace poco, nos leyeron en la cocina a los hijos un texto que escribieron para la próxima reunión familiar, cito un fragmento, dice así:

“Hace tiempo, una niña-joven integrante de nuestra familia nos preguntó ¿Qué se siente ser viejo? La interrogante nos sorprendió mucho ya que Eugenia y yo no nos  considerábamos viejos.

Después de reflexionar descubrimos y concluimos que hacernos viejos es un regalo, pues aunque algunas veces nos desesperamos al ver nuestras arrugas, los ojos con ojeras, los pasos más lentos y a menudo sorprendernos cuando nos vemos en el espejo, no nos preocupamos por eso hace algún tiempo.

Con esta experiencia, confirmamos que no cambiaremos a nuestra amada familia, ni a nuestros sorprendentes amigos, ni nuestra maravillosa vida. Nos hemos convertido cada uno en nuestro propio amigo. No nos regañamos por no hacer la cama o por comer una galleta extra, ni por darnos cuenta que estamos en nuestro derecho de ser un poco desordenados, extravagantes, tener el tiempo suficiente para reflexionar sobre nuestro papel de padres y abuelos y, hasta disfrutar oler las flores. Hemos sido afortunados para ver a muchos familiares y amigos partir antes de haber disfrutado la libertad que se tiene por hacerse viejo.

Con frecuencia nos hemos preguntado, a quién le interesa si escogemos leer o ver la televisión hasta las cuatro de la mañana y después dormir hasta quien sabe que hora. Tenemos la oportunidad de bailar al ritmo de esos maravillosos 50’ y 60’s, y si después deseamos llorar por algún recuerdo, lo haremos sin limite alguno. Caminaremos por la playa a pesar de la mirada de los más jóvenes, algunas de admiración y otras de compasión, aunque ellos no se han dado cuenta que también se harán viejos, si tienen suerte.

Se que algunas veces somos olvidadizos pero nos acordamos de las cosas importantes. A través de los años nuestros corazones han sufrido por la perdida de alguien querido, por el dolor de un niño o por ver a una mascota morir. Pero el sufrimiento es lo que nos da la fuerza, lo que nos hace crecer. Un corazón que no se ha roto, es estéril y nunca sabrá lo que es la felicidad de ser imperfecto.

Hoy nos sentimos orgullosos por haber vivido lo suficiente para que nuestros cabellos se vuelvan grises y por tratar de conservar la sonrisa de nuestra juventud, antes de que surjan surcos más profundos en nuestra cara. Cuando se envejece es más fácil ser positivos. Te preocupa menos lo que los demás puedan pensar y decir.

Pero para no desviarnos de la pregunta de que se siente ser viejo, con sinceridad podemos decirles que nos gusta ser viejos porque esto nos ha dado libertad. Nos gusta la persona en que nos hemos convertido. No vamos a vivir siempre, pero mientras estemos aquí, no perderemos el tiempo en lamentarlos por lo que pudo ser o preocuparnos de lo que será. Estamos contentos por que suponemos y creemos haber cumplido con nuestros hijos y hoy con nuestra única nieta, Manuela.

Intentamos amar sencillamente, generosamente, hablar amablemente con toda nuestra gran familia y el resto se lo dejamos a Dios.

Los invitamos a procurar disfrutar nuestros años de vida y dejarnos de preocupar por haber perdido el tesoro de la juventud. Sonriamos todas las mañanas porque Dios se despierta antes que nosotros para colgar el sol y poder verlo desde nuestras ventanas, junto con todos los que nos rodean”.

Me gusta la manera en que mis viejos están llegando a esta dorada edad, con la frente en alto y con los pies en la tierra, dando gracias al creador por todo lo que les dio y sigue dando. Yo digo que espero poder llegar algún día a ser un abuelo tan feliz, generoso y amoroso como mis padres.

Amén.

pd. La foto es del Sr. Mister México (categoría 80 años), compañero de gymnasio y vecino de la Colonia Roma.