Complicidades

septiembre 18, 2010

A Felipe Ehrenberg lo conocí en Morelia cuando yo tenía diez y ocho años. Mi padre, preocupado por mi decisión de querer ser pintor, me inscribió a su curso “El arte de vivir del arte”. Fui de mala gana a ver que tenía que decirme un señor que vivía en Tepito y tenía la mano tatuada con huesos. No nos caímos nada bien, sacamos chispas desde un principio. Después de decirle que leía a Juan Acha, las cartas de Van Gogh y “De lo espiritual en el arte” de Kandisky, saco su pluma y apunto dos palabras para definirme en su lista de asistencia: “arrogancia infantil”.

Al terminar la semana de tutoría, le pregunté que donde me recomendaba estudiar artes plásticas en la Ciudad de México, “Van a abrir una cosa que se llama Centro Nacional de las Artes” me dijo. Yo me quedé con esa idea y un par de años después, siguiendo los consejos del maestro Ehrenberg, entre a la Esmeralda. A la mitad de la carrera, me lo encontré en una posada de su compadre Díaz Infante, me preguntó que a que me dedicaba y le contesté que ya nos conocíamos y que estudiaba en la Esmeralda, en el Centro de las Artes. Me cuestionó el estudiar ahí, “Yo fui autodidacta” me dijo. Contesté que él era el menos indicado para opinar, que él era el responsable de que estuviera estudiando ahí la licenciatura. Sacamos chispas de nuevo.

Ya casi para terminar la carrera, de nuevo Juan José Díaz Infante me invitó a una cena en casa de su compadre, “el Neólogo de la Portales”, me dio curiosidad conocer su casa, así que fui. Felipe, cuando me vio, lo primero que gritó desde la cocina fue: “¿¡Ya es hora de que lleguen los gorrones!?”, Le contesté que me había invitado su compadre, me tomé una cerveza y me fui. Otra vez salieron chispas…y casi mentadas de madre.

Pasaron los años, creo que no nos volvimos a ver, pero de alguna manera nos spameabamos mutuamente por correo electrónico,  comenzamos a intercambiar opiniones, bueno, si conoces al Felipón sabes que más bien recibes regaños, consejos de como mejorar en tu faena profesional o de esos de “yo ya hice eso, hace algunas décadas”. Esto ya no se lo tomé a mal, sus observaciones la mayoría de las veces eran muy certeras, “más sabe el diablo por viejo que por diablo” dicen por ahí. Las chispas dieron pie a un fuego virtual, y si no a un cariño, por lo menos si a un respeto mutuo.

Años después, en alguna ocasión lo pasé a visitar a su casa en la Portales antes de que se fuera como agregado cultural de México en  Brasil, se veía mal, harto, hasta la madre de todo, me dijo “A México no regreso, solo si me hacen una retrospectiva en Bellas Artes”. Otro par de años después, Sol Henaro me pidió su correo-e para proponerle una retrospectiva en el Celta Contemporánea del Claustro, se lo pasé con mucho gusto. El le contestó su correo con copia para mi: “Si la cura Fernando Llanos, aceptó”. Me sentí honrado y comprometido, -¿Que tan difícil puede ser?-, me pregunté. Sabía que era necesario revisar personajes como él, que se merecía un gran esfuerzo y que si nadie lo estaba haciendo era una buena área de oportunidad. Así que acepté el reto.

Me tardé tres años en terminar la curaduría, no fue fácil investigar,  entender, digitalizar, y sumar esfuerzos para conseguir que todo se pudiera concretar en un publicación. Buscaba lograr desmitificar una parte de la historia oral del arte contemporáneo en México, pero estaba contento con la idea de poder aportar un referente local para mis contemporáneos, mostrar a ese complejo personaje que de alguna manera me había asesorado desde que estaba en la preparatoria, y había marcado a muchos artistas, de diversas generaciones y en diferentes latitudes.

Siguieron pasando los años y como los dos nos dedicamos a hacer cosas, nos hemos involucrado en varias aventuras, hemos cantado en el mismo escenario (con mi banda MI REYNA en Los Angeles), filmamos un cortometraje en Xico en super-8, escrito mutuamente para nuestras publicaciones y hasta mesereado para el paladar de la Cocinera Atrevida en al Casa dos Cariris en Saopa. Ahora estamos dibujado juntos un libro que cocinamos al alimón. En mi viaje anterior a Brasil, Felipe me dijo que yo era su mejor amigo, me acordé de todas las chispas que sacamos en un principió y sonreí.

Mañana inauguramos de nuevo Manchuria, su retrospectiva, en nada más y nada menos que la Pinacoteca de Sao Paulo. ¡Esta chulisima la expo! Es la más grande que hemos hecho y estamos seguros que dejará muy buenos sabores de boca. Hemos llegado hasta acá gracias al peso de cinco décadas de su trabajo, gracias al cariño y respeto que mucha gente le tiene, y gracias a cierta disciplina y metodología laboral que aprendí de su “arte de vivir del arte”.

Yo digo que hemos sido muy afortunados de poder vivir del arte, de hacer eso que nos gusta y apasiona, ojalá sigamos metiendo goles con la misma camiseta por mucho tiempo, disfrutando de esta sabrosa y vital complicidad que nació con mucha chispa.

Amén.

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¡Viva México!

septiembre 16, 2010

Al igual que a mi familia, a mi país siempre lo voy a festejar en sus fechas especiales. Como con mi chihuahueño Chamaco, no importa si realmente festejo el mismo día que me dijeron que había nacido, lo que importa es demostrarle mi cariño y mi apoyo de manera especial, por lo menos una vez al año. Creo que, como con una novia, hay que gritar a los cuatro vientos lo mucho que se le quiere. A mi me gusta mostrar todo ese orgullo que me da formar parte de este pedazo de tierra.

A México no le puedo recriminar nada, le doy gracias por todo lo bueno que me ha heredado: una historia, un idioma, un imaginario colectivo fascinante, una gastronomía espectacular, etc. Pero a quien si le puedo reclamar son a las personas que trabajan en su nombre y hacen mal su trabajo. A todos aquellos que en lugar de sumarle al país, le están restando: a los hacen mal su trabajo, a los que quitan oportunidades y  desaparecen opciones, a los que roban al vecino o estafan a sus clientes,  a todos esos que creen que no se puede mejorar nuestra realidad.

Pero ellos no son México, son personas con nombre, apellido y a veces cargos públicos, individuos que se les puede señalar y se les debe de denunciar. Hay muchas versiones de lo que dicen que dijo Hidalgo hace muchos años, pero todas terminan con la misma frase: “¡Muera el mal gobierno!”. Así que como bien sabemos, festejar y gritar no están peleados.

Aparte, el problema no es festejar, lo crítico es cuanto te gastas en el festejo, y si eso implica descuidar otras áreas prioritarias para el bienestar de la nación, entonces eres un inconsciente y un irresponsable, una persona que no esta haciendo bien su trabajo.

Pero como toda fiesta, los reclamos se deben (o debieron) de hacer en su momento y en otro contexto. Yo digo que hoy festejaré de la mejor manera que puedo, trabajando, montando la retrospectiva de Felipe Ehrenberg en la Pinacoteca de Sao Paulo. Como otros millones de mexicanos, haré mi mejor esfuerzo por que el nombre de México suene mejor de lo que ahora suena. Ya por la noche brindaré con unas caipiriñas de agua de coco con uvas verde, a falta de mezcal, cachaca.

Amén.


El ritual de la carne y el fuego

septiembre 5, 2010

Escuchando cumbia-step, track “Bombón asesino” de Dale Duo, fuimos tres pelaos en un coche rumbo a la zona oeste del Gran Buenos Aires. Ibamos buscando una mítica parrilla: “Los Talas del Entrerriano”, fundada en 1988 se dice es una de las mejores de Baires o por lo menos la más popular. Según el ranking de la guía gastronómica Oleo, es la más democrática y completa de esta ciudad.

Como todo buen lugar de comida, la historia de uno de esta escala se teje con anécdotas entrañables: fundada por Oscar, un pibe que llego a probar suerte en esta ciudad solo con un tercer grado (a sus 25 años) y con una amplia experiencia laboral, dicen que dijo: “Yo siempre laburé, es lo único que sé hacer. Hice de todo: vendí kerosén, trabajé en chapa y pintura, todo menos darme vuelta…hasta ahora”. De sus profesiones la que más me intriga es la de domador, el éxito de su negocio bien podría estar emparentado a la efectividad con la que educa a sus camareros y parrilleros. Hoy, a sus 66 años, vende hasta 68 lechones en un día.

En México hemos mejorado la tradición del asado y los vinos a través de la comunidad argentina que nos ha acompañado en los últimos años. Así que este chilango domingo, nublado y lloroso, iré a comer un pedazo de vaca a un restaurante argentino, para recordar el milenario ritual de la carne y el fuego, ese que comparto de vez en cuando con el clan Llanos y que me hace sentirme abrazado por lo terrenal, lo primario, de vuelta a lo básico. Daré gracias al creador como en las antiguas escrituras, perpetuando el sacrificio y festejando el arduo laburo.

Amén.