Anécdota gastronómica

Alex Atala, uno de los chef brasileño más famosos y reconocidos del momento, tiene ambos brazos cubiertos completamente con tatuajes, uno de ellos, el que está en su extremidad derecha, es un dibujo muy peculiar, dice que es la historia de cómo la cocina lo transformó de un enojado punk a un feliz cocinero. Su tatuaje me recuerda mi adolescencia, pero sobre todo una anécdota con mi hermano.

En segundo de preparatoria no nos dejaron reinscribirnos a varios amigos, a mi hermano y a mi, por la manera en que nos vestíamos y la actitud que teníamos. Tratábamos de ser lo más punk posible en la escuela más fresa de una ciudad pequeña, moralista y conservadora. Pantalones rotos, botas de motociclista con cadenas de ferreterías enredadas, ojos con delineador, pelo largo, aretes, y todos los demás artilugios que un adolescente que se considere rebelde debe de poseer.

Para no perder un año escolar, tuvimos que firmar una carta compromiso con el director. Me sentí frustrado, como un acto de protesta durante todo tercero de prepa fui sin bañarme y casi con piyama a tomar clases. Apatía total, por supuesto me deprimí. Un año después, mis padres me apoyaron para irme a estudiar artes gráficas a Italia. Mi hermano simultáneamente dijo que el quería irse a estudiar para sommelier a las Europas también, y por supuesto su propuesta no fue tomada muy en serio. ¿Sería por lo serio que se tomaba ya en esas fechas el catar varios  tipos de bebidas espirituosas?

Después del año de estudios en el extranjero, la amiga Ari, mi hermano Rodo y yo viajamos una cantidad absurdas de kilómetros durante dos meses en tren, para tratar de conocer la mayor cantidad de ciudades de  Europa central. El típico maratón juvenil que hasta la fecha acostumbran hacer algunos jóvenes saliendo de la preparatoria, los que pueden solventarlo y los que siguen padeciendo el eurocentrismo. Por cierto, cabe mencionar que Atala también fue mochilero en las europeas, dicen que vagó haciendo todo tipo de chambas, desde pintar paredes hasta ser  DJ en un legendario club.

Como muchos clasemedieros mexicanos que hacen este viaje, no teníamos mucho presupuesto, entonces sobrevivíamos como podíamos, falsificábamos las fechas en nuestros boletos para tener más días de traslado, dormíamos en el tren o en hostales mochileros, llegamos a estar cuatro o cinco días sin bañarnos, que para las fragancias europeas no es tanto, y comíamos lo más barato que encontrábamos en las tiendas o mercados. Ricos panes con chingos de semillas, sardinas, y un pedazo de fiambre o queso. Eso si, vino barato pero cotidiano. Repartíamos las porciones en tres partes iguales, yo siempre apañaba la más grande, mi justificación era: “Que coma más, el que más hambre tenga”. Si, era todo un gandalla.

Por esas fechas yo quería ser pintor, así que la agenda en cada visita a una nueva ciudad era clara: visitar la mayor cantidad de museos posibles, a veces dos o tres en un día. Tarea absurda y costosa cuando sabemos que toda Europa es un museo viviente y que con el cambio de moneda los ingresos a dichos espacios eran considerablemente costosos. Mi hermano nos acompañó en las primeras excursiones museísticas, pero en una contra esquina de Vienna, dijo: “Sabes que, yo no quiero ir a tanto museo, porque no mejor nos dividimos el presupuesto y tu vas a tus museos y yo me voy a restaurantes a probar platillos locales”. 

Hace diez y ocho años su decisión me pareció mala, hoy me parece la más sensata del mundo. Ahora me emociona tanto o más conocer la cultura viva de un país: su comida, su música, su cine, sus acentos, su gente, sus historia, sus costumbres, tradiciones y rituales locales, que lo que encuentras enfrascado en un museo. Una cosa no cancela a la otra y todo se suma y/o se transforma, pero en esos mozos años estaba más emocionado con el cubo blanco que con el flujo vital y cotidiano de las ciudades, hoy me siento más seducido por lo segundo.

Cuando ví el tatuaje de Alex me acordé de nuestra punketes provinciana, y me pregunto qué habría sido de mi hermano si hubiera estudiado para ser catador de vinos. O qué pasaría si ese sueño en algún momento se lo hubiera tomado más en serio. No tengo ni idea. Lo que sí se, es que me encanta verlo en la cocina en navidad, preparando platillos que vio en algún canal gourmet, o feliz encargado del asador durante las parrillas familiares, o asistiendo a las catas que organizamos en nuestro bar.

Quizá en algún momento nos de la sorpresa y capitalice esta pasión por el buen comer y el buen beber. Mientras tanto seguiré sorprendido por el poder de transmutación de la comida y agradeciendo diariamente la fortuna de haber pasado del punketo enojado al artista feliz.

Amén.

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4 Responses to Anécdota gastronómica

  1. ........... dice:

    Tu eres increíble !! Lástima de no revivir ese arete del lado izquierdo jajaja …. me encanta tu manera de escibir ….

    Harto beso

  2. Nomish dice:

    Me encanto, pero mas me gusto el Tatoo 😉

  3. michi dice:

    mi bb sam cheff hiper feliz. Buenas experiencias de Rodri y Fer, encantada de leerte.

  4. Guich dice:

    Como olvidar esas epocas de un po di piuuuuuuu jaja* bacci

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