Mezcal

marzo 28, 2012

Pertenezco a esa generación que trilladamente repite: “Yo tomaba mezcal antes de que se pusiera de moda”, pero admitámoslo, salvo la gente de Oaxaca o poblados MUY específicos, tomábamos mezcal ocasionalmente y de no extrema calidad como los que podemos encontrar hoy en día. La aceptación y distribución que ha tenido en los últimos años esta bebida es sorprendente. Y más sorprendente y loable que se siga luchando por mantener cierta pureza en sus procesos. Al parecer aprendimos algo con la industrialización del tequila, vale la pena crecer el mercado pero pensando en mantener la calidad del producto. Hasta la fecha sigo aprendiendo mucho de esta tradición etílica nacional. Esta entrañable historia tiene datos duros que enganchan, anécdotas que enamoran y sabores que sorprenden. Terminologías que como en cualquier disciplina se tienen que ir aprendiendo, maneras de proceder para depurar la experiencia y reglas básicas que creo solo deben responder a caprichos personales. A continuación un par de razones para amar al mezcal, a la planta y a la tierra que lo da, y sobre todo para proteger su despunte en el mercado.

Todos sabemos que el mezcal es una bebida espirituosa (¡glorioso término!) que viene de plantas llamadas agaváceas. Estas pueden ser variadas, y dependiendo el tipo de agave, el proceso y la región se acuña el nombre de la bebida y su apellido. El mejor ejemplo es el tequila, bien reza el vox populi: “Todo tequila es mezcal, pero no todo mezcal es tequila”, y es así, en la combinación de suelos, plantas, procesos y sus materiales, ingredientes que se suman en ellos, más el acabado que se le de a la bebida, que el mundo de las opciones florece al nombre de la Diosa Mayáhuel.

Raicillas, sotoles, bacanoras, tequilas, y mezcales; de todo tipo de plantas y con todo tipo de combinaciones; con ingredientes anexados al momento de la destilación que van desde plantas locales, flores, frutos y pedazos de animal; hasta los elementos que se le ponen ya para ser embotellados: insectos, serpientes o chiles; con proceso de añejamiento que los puristas consideran innecesario ya que nacen de otro tipo de tradición destilera; influye hasta el material de la copa donde se sirva, hasta la manera en que se consuma y con lo que se acompañe. El universo mezcalero es fascinante porque es un rompecabezas local que nos habla de latitudes, ingredientes, personalidades de los maestros mezcaleros y hasta maneras de hacernos vivir la degustación de un trago, una experiencia más compleja y enriquecedora. Una manera liquida de conocer al país.

Por eso en mi casa no tengo no más uno, sino varios y con varias historias y distintos pedrigrees, y si, soy un purista, como las historias de amor me gustan transparentes e intensas. Los expertos dicen que esta bebida no se bebe, se fuma. Se degusta no cuando pasa, sino cuando suben sus vapores, el retrogusto famoso pero entendido de una manera más brava. Supongo que por este tipo de percepción diversa se dice que el mezcal no se cata, se saborea.

Algo que me encanta de esta bebida es el mestizaje que representa. Antes de la invasión española al Anáhuac, lo que bebían los locales, sacerdotes y ancianos en las fiestas, era un fermentado: el pulque. Pero gracias al proceso de la destilación, heredado de los españoles durante el dominio árabe, se pudo obtener esta maravilla. El mezcal, las aguas frescas, la guitarra, el mundo equino y demás atributos vinculados a la identidad nacional, es el resultado de una carambola de tres bandas que nace en Arabia, crece en España y florece en las colonias, en este caso en específico en México.

Dicen el pueblo que el mezcal es “el arte hecho agua”, yo digo que con razón me gusta, ya que me considero un consumidor de experiencias artísticas en todos sus formatos y presentaciones. Ante las pocas opciones que nos quedan hoy en día de productos nacionales, promovamos lo que nos da este país, sea mezcal, queso cotija fresco Michoacano o hasta cajeta de Celaya. La madre patria y el padre naturaleza no lo ha de saber recompensar.

Amén.

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De conciertos, bailongos y videos

marzo 22, 2012

La música es indudablemente fascinante, es el pulso de la tribu, el vibrar de un terruño traducido en ondas sonoras. De su mano siempre viene el baile, esa memoria de la manada sazonada con melodías. Pero “el mundo de la música” es otra historia, más complejo, lleno de historias, anécdotas y mitos, de pasiones y odios, de industria con intereses e intermediarios, de fans e imaginería visual que va desde la portada, a las camisetas, hasta los videoclips. Una cosa es la propuesta y la aportación, y otra muy distinta el proceso de distribución y los distintos modos de consumo. Y de las esferas acústicas y coreográficas, lo que más me interesa son los conciertos y los videoclips. La principal razón: cuestión terapéutica, es la creación -junto con el cine- donde más lloro, más catarsis me genera, y el segundo motivo: mero gusto y malformación profesional, me encanta el video. A continuación tres historias hiladas que tienen que ver con estas peculiares esferas.

Es 2012, mi primer día en Barcelona, viaje desde Madrid solo para saludar a los amigos y conocer dos Galerías que están interesadas en mi trabajo. Bajándome del avión me lanzó a la casa de la amiga Orquídea que es donde me voy a quedar, nos vamos a comer a un chino quesque muy ajax, me conecto a las redes sociales desde el teléfono y el amigo Martin Nardone nos invita a ver por la noche en el Apolo a una banda: Buraka Som Sistema

¿Y esta chingón? – le pregunté. “Es la banda de moda, imperdible, 20 euros”, me contestó. Cuando uno de los operadores de la mítica REACTABLE te sugiere algo de manera tan tajante, hay que ir a conocer la sugerencia. Antes de salir para el lugar vi uno los vídeos de la banda. ¡Me impactó! Que mezcla más bonita, nace periférica y se recicla con los esteroides de la tecnología casera, letras sencillas que incluyen amenos balbuceos y una selección de momentos intrigantes que visualmente te sumergen en el mundo del Kuduro. Esta maravilla que nace en Angola me recuerda tanto el Funky Carioca de Rio de Janeiro, una de las manifestaciones culturales que más he aplaudido en años, quizás por ser periférica y popular al mismo tiempo, empatan en sus raíces africanas, las referencias explícitamente sexuales, lo tribal de sus percusiones y el sampleo barato hecho en casa. Devoré uno y otro video, hasta que preferí dejarle a la noche la sorpresa de mostrarnos como sonaba esta banda en vivo. ¡Fue glorioso! La última vez que bailé tanto fue en el concierto de Mano Negra en el Festival Cervantino, hace diecinueve años.

Era el concierto esperado por la jauría de adolescentes-preparatorianos-alternativos-morelianos a la que pertenencia. La Maldita Vecindad primero, y posteriormente Mano Negra en una polvorienta cancha de béisbol en la ciudad de Guanajuato. El Cervantino y sus gloriosas borracheras por los callejones es lo más cercano a la marcha española que puede vivir un mexicano, y en esas épocas pre-nabster sin intercambio de archivos, las bandas no tenían que tocar tanto en vivo para pagar la renta, razón por la cual los buenos conciertos con artistas de importación eran pocos y muy espaciados. El “Putas Fever” estaba rockeando duro nuestra cabeza así que la travesía al estado vecino era una obligación. Empezó la Maldita y nos dedicamos a empolvar la ropa con un enjundioso slam zapateado, quien iba a decir que años después mi mejor amigo sería su baterista Pacho, y sería el responsable de que esté escribiendo mis memorias en este blog.

Posteriormente comenzó a tocar Mano Negra, según yo fui el primero en subirme al escenario, ahora que veo el video en youtube, diecinueve años después, me doy cuenta que fui el segundo. 01:41 subo al escenario, por la derecha en la toma, 6 segundos después salto hacia el público, 02:45 me vuelvo a subir, 04:44 de nuevo me trepo y en el minuto 5 bailo atrás de Manun Chao en un medium shot. En las tomas abiertas del bailongo veo a mis amigos Edi y al Gallo con su sudadero azul y su corte de pelo estilo EMF. A mi hermano lo busco y no lo encuentro. El fue el que me ayudo a subirme al escenario, me puso la mano y gracias a eso llegue. Y al hablar de manos, recuerdo otro mítico concierto: Siouxsie and the Banshees, en el Auditorio Nacional en 1995, lo recuerdo porque en ese concierto tiré al bajista Steven Severin en el escenario.

Los hechos se dieron de la siguiente manera: En cuanto empezó el concierto la banda se acercó al escenario, la seguridad fue rebasada y todos quedamos hechos bolas hasta adelante, yo llegué a empujones hasta tener a Severin a menos de un metro de distancia. Era una banda, como muchas que han llegado ya en la senectud a este ciudad, que habíamos querido ver desde hace muchos años. Así que emocionados los fans le gritaban su nombre “¡Seeeeeverín!”, típico de un admirador adolescente. Me pareció de mal gusto, pero bueno, por lo menos no le gritaban “Papasito” o alguna otra flor más local. El bajista trataba de concentrarse y enfurecido les gritaba que se callaran: “Shut up!, Shut up!”, y no fueron sus gritos lo que me enojó, sino su mirada de odio y desprecio para la chacaliza local, podría decir que hasta tenia un buque de racismo, me hizo recordar las fotos de Siouxsie con su swástica nazi. Molesto lo tomé del pantalón y lo jalé. Cayó al suelo y la gente se seguridad llego a patearme, no mas me hice pa tras y me perdí en la multitud. Me fui a mi sentar a un lugar en la parte de atrás y a disfrutar del concierto pensando que había hecho un acto de justicia nacional. Adolescente y gandaya, iluso e idealista, pero eso si, una persona de acción.

Ahora, diecisiete años después, encontré los vídeos de ese concierto, pero lamentablemente en esa época no había teléfonos con cámaras en HD, por lo cual el incidente no lo encontré, lo que hay de memoria en línea es una versión ya editada de todas las cámaras y donde no aparece la caída de Steven. Eric Devres dice que bailar es una expresión vertical de un deseo horizontal, yo digo que ayudé entonces a bailar a Severin, que lo bailado de Mano Negra y  Buraka Som Sistema nadie me lo quita y que hay que seguir bailando antes de que a todos nos lleven al baile.

Amén.

PD: La próxima semana participó en una ponencia en el Festival Itinerante de Videodanza “Agite y Sirva”, ahí seguiré reflexionando sobre la memoria, el video, el baile y la música. 


Mi Madrid

marzo 16, 2012

¿Cuanto tiempo te vas pa’ Madrid?, “10 kilos” respondí sin dudarlo. Por herencia familiar la comida siempre ha sido una razón de peso, un pretexto para el desplazamiento, y muchas veces un motivo para definir mi ubicación geográfica. En ciudades como esta, donde el goce de la eterna caloría huele a chancho, ajo y tinto, los kilos son una medida de tiempo, las arrugas miden las sonrisas y las canas son proporcionales a la marcha que te metas. Aquí los días los acomodo en bocados, las charlas en tragos, y el mejor postre es latir por sus calles de la mano de una local.

¿A que vienes a Madrid?, me preguntaron en cuanto aterricé en España, “Vengo a las tres E’s: Exponer, Engordar y Enamorarme”. No necesariamente en ese orden, me queda claro que cuando se esta en la correcta profesión, o con la correcta actitud, los viajes son de negocios y placer simultáneamente. El increíble profesor Zovek decía: Si físicamente somos lo que comemos; si mentalmente somos lo que pensamos; si espiritualmente somos lo que sentimos: profesionalmente somos lo que trabajamos y nos preparamos”. Y bueno, esta básica y escalada reflexión la dijo un escapista que murió al caer 200 metros desde un helicóptero. Seguramente no se preparó demasiado, o quizá se sobre-preparó para realizar su último acto de escape lejos de esta realidad.

En esta urbe y bajo esa lupa, la del mago-escapista mexicano, por lo que como, bebo, pienso, siento y hago, soy otro. Hay ciudades que te permiten experimentar otros tús, y esta es una de ellas. Este tejido social es un generoso caldo de cultivo para enriquecer el tejido emocional. A esta ciudad hay que hacerle cosquillas y dejarse seducir por ella, y como en cualquier digno cachondeo, no se puede más que abrir espacio pa’que las sorpresas ocurran.

Entender las razones por las cuales nace un amor es un ejercicio que nos puede llevar a mantener el enamoramiento. A Madrid la quiero por muchísimos motivos, que tienen edad, nombre y apellido, latitud y ubicación geográfica, y podría pensar -más no recordar- que fechas con día, mes y año. Le heredé el cariño de muchas maneras, lo aprendí de mucha gente que quiero, y que ha vivido o pasado por aquí: Pacho y sus gloriosas anécdotas rockeras de marchas míticas de una época que esta en extinción, hasta la fecha su sugerencias en las catas musicales siempre proponen bastardizaciones con sabor a inmigrantes; la querida Cris con sus garitos, su flexible y generosa ciudad interna, su fácil andar y su acento bipolar: tierno y macarra a la vez; mi hermanita-mayor-adoptaba Suspi con su enorme sabiduría y cariño, y la bonita burbuja con mucha clase que sabemos generar cuando se da el momento; Daniel e Ira, y su convoy de psiquiatras y bartenders (ambas profesiones para gente que sabe escuchar) con quien se puede tratar por horas sobre el proceder de las filias y las fobias; y tanta gente que quiero que ha pasado, o vive en esta tierra de los gatos.

Hablando de rituales, hay uno que trato de perpetuar invariablemente cuando voy: ir en domingo al Rastro antes de medio día, y para abrir boca comprar medio kilo de olivas de la receta de la abuela, en el local de la familia Jiménez, ese que lleva cuarenta años curtiendo todo tipo de delicias, y acompañarlas con un litro de mojito del bar Santa Ana. Caminar un par de cuadras y tirarme al sol en la Plaza de los Carros (o la Plaza de Puerta de Morros, ya que según la dirección en que se observe, se lee una diferente placa). Y con todo este amor enfrascado en un soleado domingo, más que su mentada crisis económica me preocupa su empijamiento. Con los años he visto cambios que me preocupan y me incomodan, se ha prohibido ejercer el derecho constitucional al botellón y con eso ahora la plaza tiene más palomas que gente. El espacio público debería de ser para el goce común sin imponer “buenas costumbres”, como bien diría mi amigo Jordi Soler, deberíamos de dejar de santificar la salud por encima de su uso. ¿Que será de la gastronomía española si todo se vuelve light y vegano?, ¿Porque omitir o controlar a la muchedumbre que le dan vitalidad a estas calles?, pero sobre todo ¿En donde metieron a todos los junkis de la Tirzo de Molina? ¡Atractivo turístico de antaño! El medievo seguramente desapareció de la misma manera, gradualmente la modernidad y los intereses del capital nos arrastraron a tener lugares cada vez más hipoalergénicos.

Y sin querer sonar “confortablemente radical”, o a revolucionario de posteo a bote pronto en las redes sociales, o adultescente tardío, me pregunto hacia donde va esta ciudad en medio de medidas aspiraciones impuestas por el modelo del euro, y la supuesta tercermundización de España. No se, pero ojalá regrese a ser más macarra que moderna, pero a donde sea que vaya, seguramente mi amor seguirá con ella.

Amén.