Mi Madrid

¿Cuanto tiempo te vas pa’ Madrid?, “10 kilos” respondí sin dudarlo. Por herencia familiar la comida siempre ha sido una razón de peso, un pretexto para el desplazamiento, y muchas veces un motivo para definir mi ubicación geográfica. En ciudades como esta, donde el goce de la eterna caloría huele a chancho, ajo y tinto, los kilos son una medida de tiempo, las arrugas miden las sonrisas y las canas son proporcionales a la marcha que te metas. Aquí los días los acomodo en bocados, las charlas en tragos, y el mejor postre es latir por sus calles de la mano de una local.

¿A que vienes a Madrid?, me preguntaron en cuanto aterricé en España, “Vengo a las tres E’s: Exponer, Engordar y Enamorarme”. No necesariamente en ese orden, me queda claro que cuando se esta en la correcta profesión, o con la correcta actitud, los viajes son de negocios y placer simultáneamente. El increíble profesor Zovek decía: Si físicamente somos lo que comemos; si mentalmente somos lo que pensamos; si espiritualmente somos lo que sentimos: profesionalmente somos lo que trabajamos y nos preparamos”. Y bueno, esta básica y escalada reflexión la dijo un escapista que murió al caer 200 metros desde un helicóptero. Seguramente no se preparó demasiado, o quizá se sobre-preparó para realizar su último acto de escape lejos de esta realidad.

En esta urbe y bajo esa lupa, la del mago-escapista mexicano, por lo que como, bebo, pienso, siento y hago, soy otro. Hay ciudades que te permiten experimentar otros tús, y esta es una de ellas. Este tejido social es un generoso caldo de cultivo para enriquecer el tejido emocional. A esta ciudad hay que hacerle cosquillas y dejarse seducir por ella, y como en cualquier digno cachondeo, no se puede más que abrir espacio pa’que las sorpresas ocurran.

Entender las razones por las cuales nace un amor es un ejercicio que nos puede llevar a mantener el enamoramiento. A Madrid la quiero por muchísimos motivos, que tienen edad, nombre y apellido, latitud y ubicación geográfica, y podría pensar -más no recordar- que fechas con día, mes y año. Le heredé el cariño de muchas maneras, lo aprendí de mucha gente que quiero, y que ha vivido o pasado por aquí: Pacho y sus gloriosas anécdotas rockeras de marchas míticas de una época que esta en extinción, hasta la fecha su sugerencias en las catas musicales siempre proponen bastardizaciones con sabor a inmigrantes; la querida Cris con sus garitos, su flexible y generosa ciudad interna, su fácil andar y su acento bipolar: tierno y macarra a la vez; mi hermanita-mayor-adoptaba Suspi con su enorme sabiduría y cariño, y la bonita burbuja con mucha clase que sabemos generar cuando se da el momento; Daniel e Ira, y su convoy de psiquiatras y bartenders (ambas profesiones para gente que sabe escuchar) con quien se puede tratar por horas sobre el proceder de las filias y las fobias; y tanta gente que quiero que ha pasado, o vive en esta tierra de los gatos.

Hablando de rituales, hay uno que trato de perpetuar invariablemente cuando voy: ir en domingo al Rastro antes de medio día, y para abrir boca comprar medio kilo de olivas de la receta de la abuela, en el local de la familia Jiménez, ese que lleva cuarenta años curtiendo todo tipo de delicias, y acompañarlas con un litro de mojito del bar Santa Ana. Caminar un par de cuadras y tirarme al sol en la Plaza de los Carros (o la Plaza de Puerta de Morros, ya que según la dirección en que se observe, se lee una diferente placa). Y con todo este amor enfrascado en un soleado domingo, más que su mentada crisis económica me preocupa su empijamiento. Con los años he visto cambios que me preocupan y me incomodan, se ha prohibido ejercer el derecho constitucional al botellón y con eso ahora la plaza tiene más palomas que gente. El espacio público debería de ser para el goce común sin imponer “buenas costumbres”, como bien diría mi amigo Jordi Soler, deberíamos de dejar de santificar la salud por encima de su uso. ¿Que será de la gastronomía española si todo se vuelve light y vegano?, ¿Porque omitir o controlar a la muchedumbre que le dan vitalidad a estas calles?, pero sobre todo ¿En donde metieron a todos los junkis de la Tirzo de Molina? ¡Atractivo turístico de antaño! El medievo seguramente desapareció de la misma manera, gradualmente la modernidad y los intereses del capital nos arrastraron a tener lugares cada vez más hipoalergénicos.

Y sin querer sonar “confortablemente radical”, o a revolucionario de posteo a bote pronto en las redes sociales, o adultescente tardío, me pregunto hacia donde va esta ciudad en medio de medidas aspiraciones impuestas por el modelo del euro, y la supuesta tercermundización de España. No se, pero ojalá regrese a ser más macarra que moderna, pero a donde sea que vaya, seguramente mi amor seguirá con ella.

Amén.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: