Sumando talento

Hace más de una década trabajé en “Dancer in The Dark” de chalan jala-cables y de peón multiusos, era la segunda peli en la que chambeaba y no me importaba pagar derecho de piso. La finalidad de dicha experiencia era conocer a la mítica Bjork y a mi director favorito de aquellos mozos años: Lars Von Trier. Dicha aventura fue tan peculiar que terminé publicando la anécdota en la revista mexicana “El Huevo” y las fotos en la revista argentina “URL”. 

Después del wrap up le pregunté a Tony Grob, el productor de las fechas en los Estados Unidos, que porqué hacia producción, me parecía un trabajo aburrido de trámites y papeleo. – Es la parte más creativa del proceso cinematográfico, me dijo. “¡Ah chingao! ¿Pos qué no era dirigir?”, le dije en un ingles con sabor cholo. – Por supuesto que no, porque el productor escoge al director, al fotografo y al escritor con el que va a contar la historia. Me quedaron dos cosas claras: la primera que el cine es un negocio y que los dólares pesan en la industria; y la segunda, que él hablaba de ese otro modelo, el que no es de autor y que tiene todas las concesiones para buscar ingresos.

Recordé las “conciliaciones”, más no concesiones, que buscó con los productores Guillermo Arriaga durante “Amores Perros”. Detallitos que a la mayoría de los mortales seguro nos pasarían desapercibidos, pero que para aquél que construyó de cero ese mundo eran medulares. Pensé en eso y sonreí sintiéndome seguro en mi burbuja del videoarte, del realizador que hace las cosas a su ritmo, capacidades y voluntad, sin necesidad de ayuda externa, sin omega3, vitaminas o minerales, puro perseverancia orgánica mezclada con mundo interno sin transgénicos, catapultado por las ganas de decir algo, y aterrizado en las precarias herramientas que tenga a la mano. No en vano mi primera casa productora se llamó “FVIDEO, one man’s production”, y me ufanaba de aparecer en los créditos como un todologo.

Afortunadamente las cachetadas que da la vida con los años despabila, la inocencia y pubertad se despellejan un poco al madurar y uno aprende que el universo no solo florece en nuestro ombligo, y que para poder crecer es necesario el otro, su participación y complicidad. Una persona ensimismada solo se atrofia, con dos personas se aprende a hablar (o bailar) y ya con tres hasta un público (literalmente) puede existir. El monólogo puede ser interesante, pero un diálogo de dos es más enriquecedor, una charla entre varios es un mar de oportunidades y una manifestación masiva es el comienzo de un big bang.

Esto lo entendí después de haber hecho proyectos en colaboración con otros artistas, un festival de animación con todo un equipo de trabajo profesionalizado en cada área, y hasta un bar con otros socios. Ahora que estamos haciendo mi primera película, un fabuloso documental que revisa la historia de este país, al sumar el talento con el que la estamos construyendo, recuerdo las palabras del amigo Tony en Seattle. La creación tiene varios niveles, y no solo el que ejecuta o realiza es el responsable, menos en una pieza colectiva. En esta cacería tribal, uno tira línea pero se apoya en el potencial con el que cada uno puede hacer crecer el proyecto.

Entendiendo esto he tratado de invitar amigos que aporten, que sumen y que tengan la camisa puesta con el tema, así que para el soundtrack decidí poner a dos gallos de diferentes latitudes y generaciones a jugar en la misma cancha, por un lado a Michael Nyman, celebre músico y compositor ingles que ha trabajado en innumerables largometrajes, y por el otro al chico del momento, el punk-norteño Juan Cirerol. Ambos aceptaron a conocerse, y al conocerse, e intercambiar algunas referencias sonoras, aceptaron gustosamente a meterse en la aventura-palomazo creativo del “a ver que salé” en el estudio. Seguro nos harán vibrar a un nuevo ritmo, inédito pero familiar.

Su complicidad me recuerda la que he mantenido con Ehrenberg desde hace años, hacemos y deshacemos periódicamente algo por el simple gusto de intercambiar opiniones, entender nuestras diferencias y similitudes generacionales, y con esto al mundo que nos tocó vivir. Este rompecabezas en forma de documental es una excelente pretexto para generar nuevos vínculos, jugar nuevos juegos o por lo menos en nuevas posiciones dentro de la cancha, y así sumarnos a la milenaria cadena de complicidades de donde la cultura es.

Amén.

pd. La iPhonografía es de Daniela González

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