Petra

Petra es mi ahijada, la primera de tres que tengo. Es hija de mis compadres Omar y Lety, ambos creativos de tierras michoacanas que conozco desde que vivía allá. Goza de una singular belleza purepecha y un delicioso acento local. Hasta donde la recuerdo es simpatiquísima y de sangre ligera. Como es más grande que mis sobrinas cuando nació fue la que me despertó el instinto paterno, antes de conocerla no sabía si quería tener hijos, en cuanto la tuve en mis brazos pensé “por supuesto”.

A donde viajaba siempre le traía regalos, sobre todo camisetas con el nombre de la ciudad, quería inculcarle una curiosidad por conocer el mundo entero. Recuerdo con una sonrisa que al principio me decía canino en vez de padrino. Estaba muy morra y no podía pronunciar bien, o era cábula desde morrita. Probablemente ambas.

Eso del compadrazgo y de los ahijados es tan arcaico que me sabe a raíz, a tradiciones latinas que nacen de rituales católicos pero se validan en el peso de la colaboración, del cierre de filas de clanes, maneras simbólicas y a veces reales de compartir responsabilidades y dichas. Una forma de tejer eslabones entre los amigos y familiares, vínculos que deberían de ser tan sagrados como los sanguíneos. En mi caso a mis padrinos los vi poco, no recuerdo mucho su participación dentro de mi formación o recreación. Por eso cuando acepté ser padrino de Petra decidí que no sería una etiqueta más, sino un compromiso de vida, de estar ahí para cuando lo necesitara.

Hace muchos años, por alguna razón que no nos compete, mis compadres se separaron, y por una razón que seguramente ni mi compadre conoce, se alejó un par de años de ella y de su mujer. Posteriormente mi comadre se caso de nuevo y por una razón que desconozco decidió que era mejor dejar al padrino en el pasado también. Así que hace algunas vueltas al sol no he podido ver ni apapachar a Petra.

Dicen que “la sangre llama”, yo digo que sean cuales sean las razones que desconocemos, aquellas que nos inventamos, y aquellas que omitimos, bien valdría la pena dejarlas atrás, revalorar la sangre y los lazos, y darnos un abrazo colectivo. Hace muchos años que no veo a mi ahijada Petra, y Chamaco y yo la extrañamos mucho.

Amén.

Una respuesta a Petra

  1. Mónica Noriega dice:

    Fer, tu texto me llevo a tiempos importantes, gracias por sensibilizar nuestro corazón. Eres magnífico!

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