Enseñanza cadereytense

1.

Mi hermano y yo nos llevamos once meses, eso significa que mi madre se embarazó a los dos meses de que él nació. A mi ama no le gustaban los lácteos así que decidió no tomarlos durante su segundo embarazo, razón por la cual nací descalcificado, con los huesos chuecos y endebles. Nada que no se pudiera corregir con yeso, aparatos, calzado especial, litros de leche durante dos décadas y asoleadas en ricas escapadas familiares a balnearios y playas.

Mi teoría es que ese tipo de deficiencia in útero me formó una personalidad más aprensiva. Desde niño fui muy apegado a mi madre, si me soltaba la mano lloraba, tan exagerado como eso.

2.

Por alguna simpática y peculiar razón mi padre desde muy temprana edad promovió una competitividad entre mi hermano mayor y yo. Chavos: ¿A ver quien se acaba la leche primero?, ¿A ver quien salta más lejos?, ¿A ver quien aguanta más sin respirar bajo el agua?, etc. Si a esto le sumamos que de todos los primos yo soy el menor, el resultado fue una serie de frustraciones y descalabros, cicatrices y accidentes que en mi infancia me hicieron pensar que era un crío con muy mala suerte. Así que crecí con un espíritu competitivo, y una tendencia a asumir accidentes o cualquier otro costo por cruzar la meta.

3.

Ayer fuimos a Querétaro, a una carrera campo traviesa por la Sierra Gorda, el plan era realizarla con el amigo Gary y mi hermano. Dos horas antes de comenzar la carrera se nos ocurrió pasear y al ver una pared de piedra mi hermano comentó que sería complicado escalarla. En automático me enganche con el reto, y me lancé sobre ella. Si bien la deficiencia en mis huesos creo fue superada, lamentablemente no puedo decir lo mismo de mis ligamentos. Razón por la cual al descender se me dislocó el hombro por décima vez y caí en la tragedia que ya conozco: esperar en un dolor constante a que alguien me coloque el brazo en su lugar, intentos que se convierten en tortura medieval hasta que llegamos a un hospital y con algún derivado del opio ser noqueado para poder despertar con el hombro en su lugar. En este caso el chiste duró seis horas porque en el único quirófano del Centro Médico de Cadereyta había una cesárea y una apendicitis programadas antes. Seis horas de punzadas y de una mente dando vueltas por entender el cómo resolver esa situación posteriormente a la urgencia: ¿operación que no garantiza nada y cuesta una fortuna?, ¿fisioterápia, pilates o yoga?, ¿comer jaletinas o glucosamina?

En uno de los cuatro intentos por colocarme el brazo en su lugar, el anestesista que jugaba de traumatológo, me dijo que relajara los músculos para poder restablecer el hueso a su posición, le dije que estaba cooperando de la mejor manera que podía, a lo que el exclamó: “Eres muy aprensivo, ya ni un niño”. En ese momento lloré, recordé lo innecesariamente aprensivo y competitivo que puedo llegar a ser, y asumí el dolor.

No trato de culpar a mi progenitora de mis rasgos de personalidad casi cuarenta años después, ni a mi padre por instalarme un mecanismo que más que pesarme me ha ayudado a avanzar en mis objetivos, ni culpar a mi hermano por fungir como un detonante en retos quizá innecesarios, es solo entender ciertos orígenes para poder esquivar tragedias, y aprovechar lo bueno de cada historia.

Dicen que infancia es destino, yo digo que el origen nos da una línea y dirección, pero esta en nosotros llevarla a la latitud y altitud deseada.

Amén.

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