Inventario familiar

La mayor parte de nuestra formación afectiva e intelectual se da en el núcleo familiar. Ante la camada de los políticos neoliberales y entreguistas, y sus políticas que menosprecian la educación en México, y por la necesidad de retomar valores básicos que se han borrado de los programas educativos, a continuación va una lista de algunas lecciones que aprendí de mis parientes, sanguíneos y adoptivos, con la finalidad de que valoremos ese primer círculo educativo, el familiar. Por que la descomposición social que pulula ahora en el país se puede contrarrestar desde esa pequeña pero potente trinchera.

Mi agüe Simo: La ama de mi apa me enseñó a adorar a mi país, a disfrutar los domingos y a armar rompecabezas. Me enseñó un México popular y accesible, a comer tlacoyos, huevos con frijoles negros a medio hacer sobre platos de talavera de feria, y a degustar dulce de frijol, a devorar pan dulce y a abanicarle con un cartón en las noches de calor. Con ella entendí que se puede estar sin tener que hablar mucho, simplemente acompañándonos.

Mi abue Licha: De ella aprendí a disfrutar los lujos, a conocer los protocolos y las formas correctas de sociabilizar: los múltiples tenedores en la mesa y las copas de cristal cortado, los adornos en la casa por temporadas y los excesos de bacalao en las cenas navideñas. Aprendí que nunca esta de más traer de todo en una bolsa de mano y que al atardecer la palabra merienda me conmueve. También me heredó el gusto por la chaquira, el fieltro, las miniaturas y a jugar un juego con las manos que se llamaba “hojas de té”.

Mi ama Geña: Me enseñó a sonreír con toda la mazorca y sin complejos, pero también a llevar la contraria y a reaccionar en contra de la figura de autoridad. Con ella aprendí a orar, a creer en Dios y a pensar que el optimismo y la fé son una inversión con beneficios a corto, mediano y largo plazo. Me demostró que nunca es demasiado tarde para aprender algo nuevo, mejorar como ser humano, o querer a un chihuahueño. Ella junto con mi apa me han enseñado lo más importante: a creer en el amor.

Mi apa Chuy: A este señor le he aprendido mucho: a pensar en el bien común, a sumar amistades, a no tener miedo ante la vida, y a soportar cosquillas mientras te levantas. A valorar y a disfrutar el trabajo y la talacha: a lavar los coches, pintar casas y bolear zapatos. Me enseñó a probar todo tipo de comidas, a querer y cuidar a mi familia y a procurar no tener problemas con nadie. Le aprendí también que hay otras cosas en este mundo más importantes y bonitas que la lana. Hasta la fecha sigo sin aprenderle como se hace el nudo de la corbata.

Mi hermano Rodo: Por la cercanía seguramente el ha sido mi gran maestro. Con el aprendí a compartir, a competir, a repartir, a departir y a creer en mi. Mis padres lo obligaron a que lo acompañara a todas sus fiestas hasta la secundaría, si no hubiera sido por su generosa y obligada paciencia seguiría siendo un introvertido antisocial. Juntos aprendimos todos los juegos y también la manera de molestar a todos los compañeros. Aprendí a servir las cubas en el asiento del copiloto y a preocuparme por su bien. Ahora estamos aprendiendo a correr un marathón juntos, y con mi cuñada Paulina nos están enseñando a todos que mi sobrino Santi tiene una bonita familia.

Mi hermana Alicia: Ella me enseñó que entre hermanos existe tanto amor y admiración, que pese a las diferentes maneras de ver la vida, seguiremos cerrando filas y disfrutando la cocina y la pista de baile. Me enseñó que no todo es la realización profesional, que hay otra maravilla que se llaman sobrinos (Manuela y José María) que co-produjo con mi cuñao’ que es a toda madre. De ella aprendí a arreglarme ocasionalmente y a no sentir tanta culpa por algunos lujos.

El tío Román: Es el mejor amigo de mi apa, de él aprendí que la buena suerte si existe, por lo menos para algunos, que no hay que comer grasas saturadas durante muchos años y que pensar que tienes siempre la razón puede hacer una conversación muy aburrida.

La tía Jose: Con ella aprendimos el valor de las posadas, de los picnics en Chapultepec y el poder correctivo de un jalón de patilla en mis primos.

Mi tía Sarita: De ella aprendí lo que es la metafísica cristiana, el poder de los decretos, y que se puede rezar en medio de un terremoto en una casa de tres pisos con cincuenta años de antigüedad. También que uno puede vestirse con colores vivos y pasteles, sin importar la década.

Mi tío Oscar: Nos enseñó a ir a los baños públicos a muy temprana edad y a soportar  altas temperaturas dentro del vapor. Junto con mi apa y mis primos nos enseñó a jugar beisbol. También aprendí que podías hacer contratos con tus hijos, pero lo que nunca supe fueron las consecuencias del mismo.

Mi tío Efraín: Cuñado de mi apa, esposo de mi tía Canela. De él y mis primos aprendí el gusto por una guitarra acústica y canciones con sabor a patria. El uso del bigote probablemente viene inconscientemente de su parte también.

Mi tía Marilú: La hermana de mi apa que vive en el Canadá me enseñó que uno puede bailar y sonreír sin importar cuantas primaveras tengas encima. También aprendí que hay que viajar mucho y tomar muchas fotos, de preferencia con una cámara profesional.

La tía Elvia: Nos enseñó a todos los primos a no sentirnos culpables por decir groserías, chingonérrima lección que hasta la fecha ocupo.

El tío Eco: Nos inculcó el gusto por la natación, a tal grado que nos entrenó como instructores a muy temprana edad a mi y a mi hermano. También aprendí que los congresos de natación tenían las mejores barras libres en la playa.

La tía Canela: De ella aprendí la chispa y el buen humor por encima de cualquier contratiempo, también que hay que cuidar y acompañar a la madre mientras se tenga.

Mi primo Román: Nos enseñó la anatomía humana vista desde el porno, también que la práctica del ninjitzu no garantiza caminar sobre el agua y a ser en extremo generoso con nuestras amistades. También me enseñó a cantar a José José y a no menospreciar las borracheras de buró.

El primo Gigio: Nos enseñamos a dibujar copiando ratones Miguelito, a echar relajo en bicicleta por Echegaray, a jugar a los soldados con granadas y ametralladoras de palo, y a correr como degenerado cuando se hacía una travesura con tono delictivo.

El primo Eco: Me enseñó que la fantasía de las películas se puede vivir en la vida real con mucha imaginación y el acompañamiento de algunos objetos punsocortantes o explosivos.

La prima Ana: Que la buena onda y la empatía existe en todas las latitudes, y que nunca hay que aventar la toalla ante un amor de a devis. Aprendí a tocar y cantar el “Gato viudo” con ella también.

La prima Sara: De ella aprendí que un novio cabía en el closet, y que ser madre soltera era mejor que madre mal acompañada.

El primo Paquito: Nos enseñó a mis primos y a mí el peso del buen humor y de la sangre liguera.

De mis primos de Celaya: Aprendí a jugar footbal y mini olimpiadas en un patio, a comer rajas en vinagre en cantidades absurdas, y a leer Capulinitas y Condoritos.

Este sábado se casa mi primo Rafael aquí en Cuernavaca, seguramente ampliaré con la familia esta lista y podré recopilar de una mejor manera todas estas enseñanzas para el beneficio de familiares y lectores asiduos. El político y escritor irlandés Edmund Burke decía que Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán hacia la posteridad”, yo digo que sin pasado no hay futuro, pero que lo más importante es corregir entre todos el aquí y el ahora. Urge.

Amén.

Una respuesta a Inventario familiar

  1. ugg 偽物 dice:

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